
Por María Esther Gutiérrez Expósito
Cerramos un nuevo curso. Es momento de hacer memoria. Son muchos cursos ya, muchos viajes ¿Qué ha hecho que este sea tan especial, tan memorable? Sin duda, todo lo vivido en el aula ¡Cuántas veces nos hemos repetido: “Esto que sucede en nuestro mundo se aprende en la escuela…”!
Hemos vivido cómo el ruido y la tensión bajan cuando todos saben que hay momento para que se escuchen todas las voces, cuando se abren espacios para el diálogo (esto es literal, porque hacemos hueco en el centro del aula empujando todo el mobiliario hacia los extremos) y nos sentamos en círculo, como en las tribus ancestrales alrededor del fuego, y vamos hablando mientras cuidamos por turnos de una pequeña planta que va pasando de mano en mano y de voz en voz. Es relato de vida.
Nos hemos dado la oportunidad de preguntarnos sobre los retos y desafíos del mundo actual: ¿Qué nos parece? ¿Cómo lo vemos? ¿Cómo podríamos mejorar esta situación? ¿Qué está en nuestras manos hacer?
Hemos analizado nuestro progreso, nuestras iniciativas, poniéndolas en valor: tres estrellas-para lo que mejor hemos realizado-, tres semillas -porque algunas se quedaron en proyecto, pero queremos darles continuidad-, un deseo -un nuevo proyecto a emprender-
Ha habido tiempo para entender que de todos y con todas podemos aprender, incluso con el que acaba de asomar por nuestra clase ¡es tanta la escuela de vida que guarda en su mochila! La mejor de las acogidas es hacer y construir juntos. Podemos danzar juntos, hablar de un libro que estamos leyendo, y que nos acerca a sueños de otros tiempos que son los nuestros, interpretar piezas de música, versionar obras de arte y con todas ellas, montar nuestra propia exposición. Todos y cada uno de nosotros, somos una obra maestra. Nuestra escuela se hace escuela de los vínculos.
Tenemos derecho a participar…a veces las instituciones nos resultan lejanas. Por nuestras clases han pasado personas que trabajan desde ellas por abrir procesos de paz, garantizar el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y avanzar en el cumplimiento de los Derechos Humanos: Acercar las instituciones, visibilizar los espacios de participación con los que contamos, conocer ejemplos de activistas que a lo largo de la historia y desde sus territorios tejen el bien común.
Tenemos derecho a saber, a estar bien informados. ¡Qué necesario estar atentos y centrados en los retos y desafíos clave! ¡Qué importante escudriñar las fuentes de información! Vivir muy conscientes
Nos hemos cuidado. Sabemos de la importancia y necesidad de saludarnos, reconocernos, preguntarnos, agradecernos y abrazarnos. Cuidarnos, cuidar de los otros y de los espacios por los que transitamos y visibilizar nuestra deuda de cuidados.
Y así, entrelazados, armando vínculos, sabemos que será más fácil vivir en emergencia e incertidumbre con la responsabilidad de dar respuesta a la realidad que nos interpela. A implicarse, como a tantas otras cosas, se aprende en la escuela.
“He venido a pedir disculpas…” ¡Qué diferente transcurriría nuestra historia que es parte de la gran Historia desde este ejercicio de reconocimiento de lo que no estuvo acertado! Aprender a comunicar lo que pensamos, sentimos, hacemos y somos. Aprender a reconocer nuestras emociones. La vida y las persona en el centro de nuestra atención.
Nos llevamos tres claves a modo de rúbrica final para tomar decisiones ¿Me dejo alguien fuera? Eso ¿se sostendrá en el tiempo? ¿tiene en cuenta a los que todavía no están, pero vendrán y estoy decidiendo por ellos? ¿Qué impacto global, además del local que ya veo, tendrá?
Todo esto se aprende en la escuela. De la ciudadanía a la ciudadanía, hacia el bien común.

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